miércoles, 20 de noviembre de 2019

Eva Barro, socia de Verbo Azul

Esta semana volvemos a la narración, y yo apuntaría que a la narración con mayúsculas. Esta semana nos deja una perla de su obra una de las mejores y más premiadas narradoras del actual panorama, y que tenemos la gran suerte de que pertenezca a Verbo Azul. Sus narraciones no sólo son de una calidad incuestionable, prueba de ello es que es una de las autoras más premiadas, sino que, a su vez, están imbuidas de un finísimo sentido del humor o, en su caso, de una extraordinaria punción trágica.

Estamos hablando de EVA BARRO a la que conocimos hace ya unos cuantos años una bendita tarde en Quintanar del Rey, en Cuenca.

Nació en Sotrondio – San Martín del Rey Aurelio (Asturias). Licenciada en Ciencias Químicas, por la Universidad de Oviedo, trabaja como profesora de Matemáticas y Química en Bachiller, y fue profesora asociada la Universidad Complutense de Madrid.

Siempre escribió, de forma privada, como una necesidad vital, de hecho, el primero de sus premios lo ganó en la Librería Sol, de su pueblo siendo todavía colegiala. En el año 2000, animada por algunos compañeros de claustro, se presentó a un concurso para profesores en el que resultó ganadora y desde entonces no ha dejado de recoger galardones por toda España, siempre en la modalidad de prosa, relato corto y novela, en las que conjuga sus dos pasiones, la enseñanza y la literatura.


Leamos y disfrutemos con la narración que nos propone:

El problema de Chus

- Pues ya ve usté, Don Alejo, que tengo un problema y de los gordos.
- Venga, hombre, no será para tanto.
- Ya le digo. Ni el cura, D. Alejo, ni el cura supo darme respuesta.
- Así que has hablado con D. José...
- Hablar, hablar... yo sí, lo que él me dejó. Pero nada.
- Es que D. José anda siempre tan liado...
- ¡Qué va! Aparte de las dos misas, algún funeral y la partida donde Carolo, no le veo yo otro empleo. A no ser que se refiera usté a lo otro...
- ¿Qué otro, Chus?
- Hombre... ¡qué va a ser! ... lo de las siestas...
- Mira que sois... ¡quién te habrá metido en la cabeza tal infamia!
- Yo me callo, pero anda en todas las bocas lo de la Fina y el cura.
- Esa taberna del Carolo es la antesala del infierno... hay que ver... y hay que oír... ¡pobre D. José!
- No me hable del infierno, D. Alejo, que menudo problema tengo yo allí.

D. Alejo, el boticario, interrumpe su labor de colocar cajitas de colores en los estantes. También deja de apuntar en unas hojas grandes los nombres de los medicamentos, y aún con la pluma en la mano, se encara con el viejo y le presta su atención por encima de las gafas. Chus arruga la boina raída entre sus garfios deformados por la artrosis, apoya su menuda figura con el codo sobre el mostrador de madera para que la pierna izquierda no le duela demasiado y manteniendo baja la cabeza, un poco por la encorvadura de la espalda y otro poco por el respeto, levanta las cejas para elevar la vista, de reojo, hasta la calva de D. Alejo, de quien espera una solución al dilema que le interrumpe el sueño desde hace dos semanas.

- ¡No me digas!
- Ya ve. Que después de toda una vida trabajando, ahora resulta que no puede uno ni morirse.
- ¡Vaya! Esa sí que es buena... Pues no te mueras, hombre, que eso es lo último que se hace y no parece que tenga demasiado futuro.
- Bueno, si usté también va a reírse...
- Dios me libre... nada hay tan cierto como la muerte. Por eso es odiosa, la maldita.
- Aquí hace un frío del carajo.
- Ya, es que el Antoñito está con gripe y como él es el que entiende la caldera...
- El Antoñito... ¡qué sabrá él! Si usté me deja...
- ¿Encender la calefacción?
- ¡Claro! No hubo mejor fogonero en todo el valle... ni en el extranjero... y aunque los huesos van torpes... todavía...
- Pero no te manches que tu hermana después...
- ¡Bah! A ver... la antracita, las astillas, los troncos... un periódico viejo, D. Alejo. No hacen falta cerillas, llevo yo el mechero.

El pequeño anciano revive. Su aturdimiento se despeja, como nubes de verano, ante la imagen del buen fuego que va a crear y se cuela sin dilación atravesando la rebotica, con los ojillos brillantes. Toma posesión de recinto con la seguridad del mejor profesional, que lo fue, y calándose la boina abre las compuertas férreas del artilugio que ha de calentar los locales de la farmacia y la vivienda que está encima, en el primer piso. Los radiadores, pintados de purpurina plateada, se estremecen ante la perspectiva de que el agua caliente recorra sus entrañas en la fría víspera de Nochebuena. El boticario sonríe bonachón, y complacido ante la circunstancia de calentarse, a la que había renunciado cuando le avisaron de la fiebre del mancebo, porque él siempre ha sido incapaz de sacarle nada a aquel armatroste, a lo sumo, conseguía mantenerla viva alimentándola de vez en cuando con paletadas de carbón y algún leño seco.

- Hombre, D. Alejo, si está llena de ceniza...
- ¿Y qué?
- Pues que hay que limpiarla, hombre... tiene costeros hasta el recodo... pobre caldera... no, si todavía pretenderá que prenda y todo... ¡qué barbaridad! Ande, tráigame el cubo de la ceniza.

Chus se transforma. Ya no es el temeroso y diminuto cuerpecillo arrugado que vino a pedir consejo a uno de los sabios del pueblo. Ante su altar particular, arrodillado, oficia con esmero: la escarbadora, el rastrillo, las dos paletas... procura no levantar demasiado polvo; cuando es necesario emplea las manos, hasta llegar al codo en el que se ha quedado incrustado un carbón a medio quemar, para recoger lo que olvida la paleta, para acariciar el armazón que pronto contendrá las llamas sagradas. El hollín le tizna un poco la frente y la nariz.

D. Alejo escucha sus resoplidos de esfuerzo y satisfacción mientras atiende las recetas de un parroquiano que no se entretiene más de lo necesario arrebujado en el grueso chaquetón. Tras la profunda limpieza, Chus deposita, cuidadoso, dos hojas de papel un poco arrugado, las rodea con astillas secas, restos de cajones de fruta, arrima la llamita de su Zippo. Coloca con precisión dos leños no muy grandes. Espera. Otros dos un poco mayores. Espera, recreándose. Prepara la boca superior de la caldera con mimo, le introduce las paletadas de antracita como cucharaditas de papilla a un tierno infante. Ya hay brasas sólidamente asentadas. Más antracita. Consulta el barómetro, el termómetro, palpa los radiadores, los tubos que los alimentan. Contempla su creación con orgullo y espera la complacencia de D. Alejo.

- Claro está que fuiste el mejor, Chus. Pena de jubilación. Pasa por aquí, que puedas lavarte un poco. No sabes el favor que me has hecho, hombre.

- De nada, D. Alejo. Ya ve, para mi, una gloria.
- Bueno, cuéntame ahora eso que te trajo por aquí.
- ¡Ay! Eso va a tener mal arreglo. El cura no supo darme solución. Pero usté es de otra pasta. Que siempre me ha tratado bien, digo, no como los otros.
- Sí, hombre, sí. Cuenta. Verás que encontramos camino, tú tranquilo.
- El caso es que viene de antiguo pero que se complicó el domingo pasado. Y la culpa es de Lorenzo el Gato.
- ¡Qué Lorenzo, si le enterramos hace quince días!
- Pues eso. Que me ha escrito.
- ¡Venga ya! ¡No me toques l...! ¡Por Dios, Chus!
- Ya sé que soy un poco así... bueno... del todo tonto no, que siempre me gané la vida, y ya lo vio usted, el mejor fogonero de la cuenca. Y a fuerza de pescozones Dª Pura la maestra me enseñó a leer. Lo de las cuentas ya no, pero los números sí, para los aparatos bien que los necesité.
- Lo que tú eres, es más bueno que el pan, Chus, y si no fuiste una lumbrera, pues eso que has ganado, que a veces, tanto pesquis no trae más que complicaciones.
- Eso digo yo. ¿Ve como con usté es otra cosa?
- Venga, explícate sin rodeos. ¡Que te escribió El Gato! ¡Pobre Lorencín! ¡Que Dios le tenga en su seno!
- ¡Qué va! Se ha ido al infierno, D. Alejo. Y el caso es que no parecía mal bicho el Loren, pero quién sabe lo que hay allá...
- Al infierno ¿eh? Vamos, hombre...
- El caso es que me manda una carta... sin sellos, que allá no se usarán, vaya usté a saber, y el caso es que... bueno... es que..

El boticario observa el rostro del inocente viejo, descarnado y enrojecido, con sumo interés, entre preocupado y divertido, incrédulo, dejando que su ánimo oscile entre la estupefacción y la piedad.

- Pues eso, que se les ha roto uno de los hornos principales y que él, que ya lo sabe usté, que es un charlatán, pues que les habló de mí y que me están esperando.
- ¡Virgen Santísima, qué barbaridad!
- Pero lo peor no es eso. Por mi, encantado de ir a solucionarlo y que dice el Lorenzo que tampoco se está tan mal allí. Pero no puedo.
- Naturalmente. No vas a morirte para darles gusto... vamos que... ¡oye, ni se te ocurra...! Será posible...
- Tampoco es eso. Es que a lo mejor usté no lo sabe. Usté se acordará de Manolita...
- La hija del Morros... sí hombre... no te habrá escrito también.
- ¡Qué va! ¡Ya me hubiera gustado! Pero ella era así, ya sabe... no pudo ni ir a la escuela. Pero lo que dice usté, que no era una lumbrera ... y guapa, guapa, pues no sé... pero a mí... eso... que yo la quiero así.
- ¿Estabas enamorado de Manolita, Chus?
- ¡Y lo estoy! ¡Qué pasa! El Morros me tiraba piedras si me acercaba a su casa, ni a la huerta me dejaba... ¡pero un día hablé con ella!
- ¡Ah!
- Hicimos un trato. Porque ella me quiere también, que me lo dijo aquel día. Y como aquí no nos dejaron, hicimos el trato.
- Un trato...
- Claro. El que primero se muriera, en vez de irse para allá, esperaría al otro a las puertas.
- A las puertas...
- A las puertas del Cielo, hombre. Porque ella sí que fue buena. Mi Manolita va al Cielo seguro. Y yo siempre quise serlo, creo que también. Y si ella me está esperando, que allí nadie va a estorbarnos, pues... ¡a ver cómo voy a ir al infierno yo, aunque sea para arreglar un horno importante!
- ¡Virgen Santísima de Covadonga!
- ¿Ve, cómo tengo un problema de los gordos?
- Desde luego. De los gordos.

D. Alejo sigue navegando entre la ternura y la risa. No se le ocurre respuesta, porque le desconcierta el cariz de la exagerada angustia del pobre niño-anciano. Mientras oscila su cabeza, como meditando mucho sobre la peregrina historia, Chus hurga en el bolsillo trasero del holgado pantalón, saca un sobre sobado y abierto a trompicones, extrae de él, con cierta dificultad la hoja de papel culpable del embrollo y se la ofrece al boticario, quién colocándose las gafas reconoce al punto la angulosa e inculta letra de Carolo el tabernero.

- Bueno, bueno, bueno... pues sí que tenemos un problema. Habrá que pensarlo, amigo, con estas cosas no se juega.
- ¿Verdá, D. Alejo? Ya me lo parecía a mí. Pues lo que usté diga.
- ¿Se lo has contado a alguien, Chus?
- A usté y al cura. Pero él me dijo que todo esto son majaderías y se acabó.
- Bien, verás. Lo cierto es que Lorenzo el Gato se fue dejándome unas cuantas cosas sin pagar... y ya que él se tomó la molestia de escribir, pues estoy pensando que tú me dejas la carta esa y le contesto yo. Te disculpo, no te preocupes, ya se me ocurrirá algo, y le recuerdo lo que me debe. Pero claro, a cambio tú tendrás que ganarte un poco más el Cielo...
- Hombre, yo...
- Mira que Manolita espera, y si ve que te sigues emborrachando...
- ¡Bah! Unos vasitos de nada algunos días... y que me invitan casi siempre...
- Ya, qué me vas a contar... como si lo viera... Pues quedamos en eso, si tú no vuelves por casa de Carolo, de lo otro me encargo yo.
- Bueno... ya veremos... ¿Y que le va a contar al Loren?
- Ya se me ocurrirá algo, ya sabes que yo...
- Ya, ya, que para eso está usté estudiao. Entonces ¿no me preocupo?
- Eso es. Pero yo cumplo si tú cumples: no se lo cuentes a nadie y se acabó el vino.
- Contarlo, descuide usté. Estaría bueno, para que no se lo crean y se rían más de mí. Lo otro...
- Anda... ve tranquilo. Gracias por encenderme la estufa. ¡Ah! Esta tarde nos pasamos D. José y yo por la taberna, que vamos a felicitarle las Pascuas al Carolo. ¡Que no te pille allí!
- Descuide... Oiga D.Alejo...
- ¿Qué?
- Que felices fiestas...

D. Alejo sonríe, comprensivo, y espera a que Chus desaparezca calle abajo para darle libertad a una lágrima que rueda anunciando otra Navidad.

PRIMER PREMIO EN EL CERTAMEN DE CUENTO CORTO DE LAGUNA DE DUERO (Octubre 2005)

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